Seleccionar página
No es necesario comprender la muerte, basta con acompañarla. Lo mismo sucede con la vida y lo que en ella acontece. 
 
Todas las explicaciones, construcciones de la mente racional, dificultan acercarnos a ella. En una sociedad que valora desmedidamente la ciencia y la razón, acercarse a la muerte es una amenaza que produce inseguridad, soledad y miedo. ¿Para que hacerlo?
 
Formamos grupos individualistas en que los vínculos sociales son débiles y con pobres relaciones afectivas así que la muerte se aleja de la vista, su vivencia se oculta a pesar de ser cotidiana. El afecto se coloca en un lugar secundario, para dejar paso a lo procedimientos profesionales, tecnológicos o burocráticos donde el corazón se suprime para conservar la coraza. 
 
Mi familia ha tenido la suerte, en este tránsito para mi hija Ángela, de compartir sentimientos y solidaridad. En el camino observo como acercarse a cualquier duelo supone para muchas personas un recordatorio de lo temido, de tristeza no admitida y duelos propios no resueltos. Frases rápidas, miradas evasivas, nervios, lágrimas que asoman o quieren aflorar pero no se les permite,…angustia ante la muerte. 
 
Somos seres inadaptados porque no existe verdad más absoluta que la unión del principio con el fin en este juego de escena. Creamos una lucha constante de la que siempre salimos perdedores. 
 
Una de las frases de consuelo que más he oído ha sido: “Ahora hay que seguir luchando». Reconozco cierta resistencia en un primer momento ante los cambios importantes pero bailar con la vida es algo más amable y compasivo conmigo misma que mantenerme en un combate tras otro. Así que hago evidente cada día la realidad de la perdida, acepto mis sentimientos y bordo un nuevo camino amoroso que reestructura el sistema familiar, hasta que otro gran cambio suceda. 
 
¿Para qué relacionarse con el gran tabú? Para despojarlo de prejuicios. Para relativizar, atravesar el dolor, hablar sobre ello, expresar, compartir, dejar ir y crecer.
 
La muerte es el último paso en lo impermanente de la vida, donde no importan las posesiones, la profesión, el cuerpo o la intención. Donde únicamente lo esencial queda para abrazarlo. 
 
Desde el amor, así es.